Las historias que me moldearon, Relatos

Sangre, sudor y lágrimas

            Las piernas ya casi no me sostienen, pero ellas todavía no son conscientes de que han llegado a su límite y por eso puedo seguir forzándolas. Una carrera más, solo otro salto para dar lo mejor de mí en un último y desesperado esfuerzo.

            El tiempo se para cuando la pelota sale despedida desde la banda derecha y viene girando sobre sí misma hacia el área. No existe nada más, solo ella y yo. Avanzo un par de pasos en busca de un remate que me lleve a la gloria. Es mi momento, lo sé, la desesperación y el coraje de millones de personas me impulsa hacia delante con una fuerza inimaginable a estas alturas. Siento la brisa golpear mi pelo empapado y visualizo lo que va a ocurrir a continuación, incluso ya creo oír el sonido del esférico besando las redes.

         En medio de esa febril ensoñación es cuando percibo una sombra azul que se aproxima, aprieto los dientes e intento ganar la posición antes de que el balón llegue hasta nosotros. Por un momento pienso que lo he conseguido, se ha quedado atrás y la portería cada vez se hace más grande. De repente, noto cómo algo se abalanza contra mí, escucho un sonoro “CRACK”  y siento los huesos de mi nariz desplazándose de forma antinatural mientras todo lo que me rodea se desvanece junto a mis sueños e ilusiones.

           Unas décimas de segundo después me despierto tendido sobre el verde, con un intenso dolor y un molesto pitido envolviéndome. Me llevo la mano a la cara aún extrañado y me sorprendo cuando el fluido humedece mis dedos,  la alejo lo suficiente como para descubrir el rastro carmesí en ella. Imbuido por una locura transitoria me levanto de un salto y voy en busca de ese asesino. Sus compañeros me interceptan antes de que pueda alcanzarlo, pero desde la distancia le mando efusivos recuerdos para su madre.

           Me vuelvo a sentar en el campo, con la camiseta recobrando su color característico a costa de mi sangre. No puede ser, esto no puede estar pasando. El árbitro se acerca y me insta a abandonar el terreno de juego, me reincorporo y con gestos de negación le recrimino su ceguera.

          Camino hacia la banda  mientras un fisioterapeuta intenta taponar la hemorragia con una toalla, se la arranco de las manos y presionándome la herida, vuelvo a entrar al rectángulo todavía con ganas de luchar. El colegiado me mira de arriba abajo: la equipación teñida en rojo por el reguero de sangre que sigue brotando. Me comunica que de esa guisa no puedo continuar y ahí es cuando por fin me doy por vencido. Siento cómo las lágrimas se deslizan por mis mejillas hasta formar un salado batiburrillo con la sangre que aún mana de mi nariz. Me cubro la cabeza con la toalla e intento esconderla bajo tierra. La desolación y la impotencia se hacen fuertes en mí y me abandono a un llanto que comparto con todo un país. ¿En algún momento nos dejarán volar sin trabas?

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